La serie que despega en la tercera temporada

Hace un par de días empecé a ver la serie de Netflix Rick and Morty porque veía a muchos de mis contactos en redes sociales hablar muy bien de ella y, chica, una no se quiere perder nada bueno. He de confesar que el episodio piloto no me hizo ni puta gracia. Aún así, no tomé la irrevocable decisión de abandonar la serie, porque sé por experiencia que muchas series flojean en el piloto, incluso en los tres o cuatro primeros capítulos, y no es hasta el quinto o sexto que adquieren un tono hilarante por el que merece la pena derrochar unas cuantas horas de mi vida.

El episodio piloto no me gustó, pero hubo algo en él que me reventó la puta cabeza. Rick es un científico bastante extravagante que, bien sea por su inteligencia o por las sustancias que consume/ha consumido, es capaz de pensar diferente: su mente no procesa como la nuestra así que sus conclusiones son diferentes a las que pueda alcanzar cualquier persona normal como tú y como yo. Morty es su nieto y al parecer está el pobre un poco borderline. Los padres de Morty quieren que el chico vaya al colegio y saque buenas notas. El abuelo de Morty, Rick, dice que ir a la escuela no es la opción inteligente, y que los deberes no son más que una manera de ocupar tiempo.

No estoy alardeando, pero tengo que decir que me considero una persona inteligente. No me echo flores ni me creo mejor que nadie, simplemente tengo pruebas objetivas que demuestran que mi cabeza funciona. Y aún así, me la comí.

Desde muy pequeña todo el mundo me ha repetido una y mil veces lo importante que era estudiar y sacar buenas notas. Yo estudié y saqué buenas notas. No las mejores, eso también quiero decirlo, pero buenas. Un día se pasó por mi cabeza, tendría yo unos quince años, la idea de ser escritora, y todo el mundo me decía que muy bien y muy bonito, pero que lo importante era estudiar y sacar buenas notas. Ok, os haré caso, personas mayores, que, por lógica, sois más sabias que yo. Si era lo que había que hacer, yo lo haría, así que cuando terminé el colegio (a los dieciocho años, puesto que yo estudié en un colegio de monjas de esos de lavado completo) seguí estudiando. Elegí una carrera bastante afín a lo que secretamente consideraba mi verdadera pasión, aunque en lo más profundo de mi ser sabía, porque así me lo habían repetido en incontables ocasiones, que nunca iba a poder ser mi profesión, porque de escribir no vive nadie, solo tres o cuatro afortunados en el mundo, así que tendría que encontrar algo que me diera de comer.

Me metí a Filología Hispánica porque siempre he disfrutado muchísimo con la literatura. Paradójicamente, durante los años de carrera se me dieron mejor (sacaba mejores notas) las asignaturas de lengua que las de literatura. Eso sí, aunque Paqui Noguerol solo me pusiera un 6 en Literatura Hispanoamericana, lo que yo disfruté en las clases de literatura, con Zamarreño, con Rodríguez de la Flor, con Jambrina, con Zapatero, con Emilio de Miguel… eso valía para mí más que el sobresaliente que tanto me costaba conseguir.

Terminé la carrera y, ¿qué iba a hacer? Seguir estudiando. Porque era lo único que sabía hacer. Lo único valioso, quiero decir, porque también sabía escribir pero habíamos quedado en que la escritura era solamente un hobby.
Empecé a estudiar (más o menos) a los 3 años. Ahora tengo 30 y sigo estudiando. Y es ahora, cuando sumo tres decádas, que me doy cuenta de que estudiar, en el sentido que en este país se le da a la educación, es decir: pagas, rumias una información sin pararte a pensar si eso es verdaderamente válido o no, te examinas/presentas un trabajo de investigación, recibes una calificación, pagas otra vez para que te den el título, guardas el título en una carpeta y añades una nueva línea a tu curriculum; estudiar, en este sentido, no sirve para nada. Para gastar mucho dinero a cambio de sentir que nunca has logrado lo suficiente mientras sigues esforzándote sin ningún tipo de ayuda, más al contrario, con bastantes baches que te ponen realmente difícil alcanzar algo tan “sencillo” como el título de Doctor.

Acabo de leer una noticia cuyo titular dice “El doctorado perjudica seriamente la salud mental. Uno de cada tres estudiantes está en riesgo”. Y me la creo a pies juntillas. Comenzar un doctorado es entrar en un mundo en el que, fijaros si será enrevesado, tu tesis doctoral es lo de menos. El doctorando está dispuesto a poner todo de su parte, a sacrificar años de su vida, a cambio de tener muy difícil el obtener ayudas para su investigación, a cambio de que sus propios tutores le digan que en España no hay futuro y que debería hacer su investigación fuera, a cambio de que le sea bastante complicado llevar al día todo lo que se requiere actualmente para doctorarse en España desde que cambiasen los requisitos desde el Plan Bolonia a la vez que trabaja, aunque solo sean unas horas al día, para conseguir cuatro duros con los que renovar su matrícula, a cambio de vivir continuamente estresado y presionado por el ambiente tan competitivo en el que te mueves, y todo para redactar una tesis que, con un poco de suerte, leerán cinco personas.

Y yo me doy cuenta, con treinta años y después de año y medio de investigación, que hacer un doctorado, realizar un trabajo para el que se requiere inteligencia, no era la opción más inteligente. Que gastar tantos años, tanto dinero y tanto esfuerzo a cambio de un título no tiene mucho sentido. Lo inteligente hubiera sido poner mi inteligencia al servicio de algo que sí me diera resultados y beneficios, dos cosas que un título de Doctor no te asegura.

Caí en la trampa de estudiar y estudiar, y aunque no pienso tirar la toalla, porque inteligentemente sé que mi investigación me gusta, me da satisfacción, me motiva y, de alguna extraña manera, me hace sentir “válida”, me veo irremediablemente obligada a llegar a la conclusión, mediante el razonamiento inteligente, de que el doctorado debería ser mi hobby: porque me divierte, porque me gusta, porque me entretiene, porque me hace sentir bien; porque la escritura, mi pasión primera, es lo único que, actualmente, me está permitiendo crecer personal, intelectual y profesionalmente a día de hoy.

Si hubiera sido más lista que inteligente ya me habría dado cuenta antes. Si hubiera creído en las evidencias, como cuando aprendí que generalmente el episodio piloto de una serie, sobre todo si esa serie es una comedia, no es tan bueno como llegará a serlo la serie, no me hubiera pasado treinta años atrapada en el episodio piloto de mi vida. Soy una serie que no despega hasta la tercera temporada. Menos mal que, a partir de ahora, vamos a empezar todos a flipar.

5 Comentarios
  • Satan
    mayo 13, 2017

    Deja el crack. En serio.

  • Sebastián C.
    agosto 23, 2017

    Yo soy el caso contrario, raramente me animaron a estudiar y siempre he sacado malas notas en el colegio. Pasaba los cursos sin pena ni gloria (sin rascarla vamos xD!), suspendía la mitad durante el año y después aprobaba todo al final y pasaba, y así hasta el bachillerato. Después como seguía sin saber muy bien que quería hacer con mi vida, y mis padres eran de los de pues si no estudias a trabajar, me puse a trabajar. He trabajado de todo un poco, he tenido los peores jefes y compañeros que uno pueda tener, me daría para escribir una novela (a medio camino entre humor y drama, soy un chico muy salao). Descubrí que estudiar no es lo más importante pero si es importante hacer lo que te gusta, así como también descubrí que lo que me gustaba requería de estudiar, volví a hincar los codos. Entonces vinieron las buenas notas por primera vez en mi vida, por fin estaba estudiando algo que realmente me motivaba y me gustaba.

    Por fin con 24 años acabé mis estudios y me fui a vivir al extranjero, no fue un camino de rosas pero sin duda se lo recomiendo a todo el mundo, fue una experiencia genial. Así seguí trabajando en trabajos no relacionados con lo que me gusta, pero así es la vida ¿no? Pero no desistí y ahora ya llevo casi dos años trabajando de lo mio, en un trabajo que me gusta mucho.

    Conclusión, estudiar es importante hasta cierto punto pero lo más importante es que intentes siempre dedicarte a lo que te gusta. Si realmente te gusta le pondrás mucho cariño y dedicación a tu trabajo y al final acabarás consiguiendo que funcione!

    Un gran post! Saludos!

    • Beatriz
      septiembre 17, 2017

      gran respuesta también! Me alegro de que todo te haya ido bien.

  • Rouge
    octubre 19, 2017

    Me siento bastante identificada; de siempre me ha gustado ser lo que soy, una mongola, ya sea por escrito, oralmente o por gestos. Mi payasa interior fue acallada por mi madre diciéndome que “eso otro que también te gusta (la Medicina) te va a dar más de comer, que de lo otro nanay, etc.”
    Total, que ahora (veintiséis años más tarde) digo chorradas en un blog de “traumatología-monguer”, un neoestilo que estoy creando.
    Mi conclusión es que el payaso interior siempre gana.
    Y felicidades por tus historias porque ME ENCANTAN. Un abrazo! 😉

    • Beatriz
      octubre 27, 2017

      ¡Final feliz!

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